imagen MÍO CID. Juglaría para el siglo XXI

El actor se sitúa en un escenario vacío, sin efectismos de iluminación y vestido con sobriedad. Apenas se desplaza mientras recita. Puede estar mucho tiempo sin despegar los pies del suelo, y sin embargo no resulta estático. Nos hace ver lo que cuenta con la precisión de los gestos, y su maestría es tal que recuerda a Aristóteles cuando elogia a Homero, predecesor del autor del Cantar, al señalar cómo decía personalmente lo menos posible para introducir, tras un breve preámbulo, a los personajes, siempre caracterizados. Es lo que hace Gómez: como narrador muestra neutralidad que se transforma en el momento en que da voz a multitud de personajes, de niñas a nobles, y al mismo Cid. Tono y volumen varían con firmeza y flexibilidad en torno a un rico muestrario de posibilidades expresivas que diferencian al instante a cualquiera que intervenga. Gómez consigue así superar el principal escollo autoimpuesto: la ininteligibilidad. Auxiliado por la maestra de filólogos Inés Fernández, revive a un juglar que utilizase la pronunciación del castellano original, tan diferente al español contemporáneo. Lo que en otras voces sería un problema, en la suya es una demostración de maestría

(Pedro Víllora, en Alfa y Omega)

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